Antes de 1552, con la creación del primer hospital, en lo que luego sería territorio de la República de Chile, podríamos decir que no existía entidad «formal» (institucional) a quien recurrir para » sanar» las dolencias. Sabemos que, anteriormente, la cultura popular echaba mano a prácticas transmitidas por generaciones y la representación de la sabiduría en salud residía en curanderos/as o chamanes/as, quienes estaban en profundo contacto con la madre tierra.
Desde tiempos ancestrales, la humanidad ha intentado explicar los fenómenos que le afectan y enferman. En los años más remotos, las causalidad divina y mágica era la respuesta; hoy sabemos que la salud (o más bien el estado de salud o equilibrio salud-enfermedad) más que ser un castigo divino, puede responder a las creencias arraigadas de comunidades e individuos (dependiente o independientemente de la presencia de patógenos o alteraciones genéticas); creencias que se traducen en prácticas y hábitos diarios, es decir, en el vivir mismo del individuo y la cultura que construye su comunidad.
Cada decisión que tomamos desde las horas que dormimos, lo que comemos y cómo nos relacionamos, genera un impacto en nuestro equilibrio (homeostasis) fisiológico que se traduce en un espectro infinito de condiciones, alteraciones y/o dolencias que experimentamos y también observamos en nuestros pares; fenómeno intangible y pocas veces visibilizado, que nos atraviesa desde la concepción hasta la muerte. Mas, no todo es en estricto nuestra responsabilidad. Somos responsables de nuestras acciones y omisiones, sí. Sin embargo, el que alguien deba despertar a las 5 am todos los dias para trasladarse dos horas al trabajo; la dificultad en el acceso a 5 porciones de frutas y verduras por día (porque el sueldo mínimo no alcanza para una familia), la falta de información suficiente para cuestionar las elecciones alimenticias y ejercer prácticas preventivas en salud sexual; el vincularse de forma nociva con otros seres humanos desde el ego y la competencia en lugar de la cooperación y solidaridad, están todas condicionadas por el sistema político-económico-social en el que nacimos.
El mismo sistema (político-económico-social) sustentado por la clase trabajadora es el que la ha expuesto históricamente al deterioro de su salud. Con esto, nos referimos a la salud física y psicoemocional. A los años de vida perdidos por discapcidad y al vivir aún más indigno después de jubilar (e.d cuando dejas de ser parte de la población económicamente activa). Dicho esto… ¿Cuál es la locura en exigir al estado garantías en salud que no impliquen endeudamiento ni mercantilización de las necesidades sanitarias de la población?
Las reformas son necesarias (entre otras cosas) para:
– Garantizar la ejecución de procedimientos clínicos dentro de marco regulatorio (suceptible a fiscalización y mejora continua)
– Resguardar derechos humanos y deberes usuarios
– Garantizar prestaciones con cobertura universal y gratuita (sobre todo aquellas relacionadas a condiciones de mayor prevalencia y/o alto impacto sanitario [alta mortalidad, impacto en la calidad de vida y alto costo])
Eso es una parte.

No cabe duda que los aspectos técnicos más complejos del sistema de salud (infraestructura y equipamiento para procedimientos) deben depender de una estructura mayor que implica el desarrollo y acceso a tecnología y conocimiento que no es manejado por la mayoría de la población. No obstante, además de exigir derechos, garantías y gratuidad, es menester problematizar el impacto de nuestras prácticas diarias, vale decir, hacernos conscientes de hasta qué punto la estructura sistémica coharta nuestras posibilidades y cuáles son los espacios reales de «libre» decisión que, como individuos y parte de una comunidad tenemos. Percibir el pequeño nicho con un potencial infinito de re-construcción, en el cual caben las prácticas de autonomía alimentaria, iniciativas de promoción y educación en salud (cultural y territorialmente pertinentes), el intercambio de saberes, la salud relacional y hasta la despatriarcalización de la vida.
Quisiera que los 7 de abril fueran más parecidos a los 8 de marzo de los últimos años. Donde se visibilice y problematice todo aquello que nos enferma. Donde se unan consignas y luchas porque todas (vivienda, educación, género, agua, medio ambiente…),finalmente coinciden en ser problemas que impactan en nuestra calidad de vida y nuestro desarrollo como humanidad (tanto cultural como espiritual).

Reducir la noción de salud a un fin (algo por alcanzar) o un producto al que se accede, es condenarnos al paternalismo institucional [patriarcado detected], a la visión tradicional reactiva antes que preventiva (paradigma biomédico), a la dependencia por sobre la autonomía.
Así como a finales del siglo XVIII y principios del XX las sociedades de socorro mutuo y el movimiento obrero asumieron la tarea histórica de luchar por el acceso a prestaciones de salud, antes inexistentes para la clase trabajadora (gracias a lo cual hoy contamos con un sistema de seguridad social), hoy es un deber histórico poner freno a la máquina depredadora que deteriora nuestras vidas.
Contamos con pocos y pequeños espacios de encuentro y acción (relativamente libres) dentro de un despiadado sistema que nos consume la vida, avala la represión y criminaliza las luchas; mientras nos invita – paradójicamente – al consumo y la enajenación.
Mientras existan esos pequeños espacios, aún hay esperanzas.
Re-apropiesmoslos y organizemosNOS
Por nuestra salud y la de los que vendrán
ALQL ✊💙🔥
Publicación original: https://www.facebook.com/carminamaste/posts/2268835403138102



