El ocio es saludable y necesario – Reflexión [Mayo 2016]

El ocio es saludable y necesario. Sin embargo, el sistema de vida impuesto nos lo arrebata en virtud de convertirnos en parte de la cadena de producción y nos hace confundirlo con la vacía entretención y la evasión. No hay momento para el ocio. Los minutos del reloj se han vuelto oro (literalmente valorizado monetariamente) al tiempo que presenciamos cómo la sensación de libertad nos es esquiva y somos protagonistas de nuestra muerte en vida.

Dentro de todo lo que hemos perdido – y nos queda por recuperar/defender – está sin duda nuestro derecho al ocio, promotor de la creatividad, el afecto y la salud (física y emocional). No obstante, en ese intento por recuperar los tiempos y espacios de libre recreación nos enfrentamos con un potente enemigo: la procrastinación.

Cuando escribí esta columna, se había viralizado hace poco un post sobre esta generación de treintones cansados (pa allá vamos), junto con ello, lo que también ha hecho este sistema de vida insano es convertirnos en unos flojos de mierda. Flojos en actividad física, intelectual y por supuesto, desarrollo emocional/vincular/afectivo.
Las series, las redes sociales, los juegos de celular, el play, etc. todos medios válidos para la entretención pero, que sin el autocontrol o, mejor dicho, un equilibrio, se convierten no solo en el enemigo de nuestro quehacer, sino también de nuestros sueños.

Yo también soy (he sido) una floja de mierda para muchas cosas. Y en la postergación he dejado ir innumerables oportunidades para evitarme la frustración. Llevo varios años transitando la senda del autoconocimiento y la lucha político-social y me he percatado (incluso ante la idea de que eran excluyentes) que en más de algún punto, todo se conecta y forma el entramado que nos mantiene atrapados entre el agobio, la falsa ilusión de libertad, la mediocridad y momentos de felicidad aderezada con consumo.
Lo peor, es que nos damos cuenta y poco hacemos; o lo intentamos y postergamos (cuek) a raíz de nuestra crianza en un mundo donde la inmediatez es requisito. Y así pasan años entrampados y avanzando «en la medida de lo posible».
Es este mismo ciclo – que al repetirse en cada uno de nosotros (o en la gran mayoría) – imposibilita no solo nuestro desarrollo personal, de acuerdo a nuestros más profundos anhelos, sino que también es un potente inhibidor de la natural aglutinación y organización de conciencias afines.

Lo difícil (para empezar) es encontrar la forma de romper como individuo/colectivo con ese ciclo. Se hace aún más arduo al darnos cuenta que no hay receta. Lo que la experiencia me dice, es que hay que partir por conocerse primero para lograr detectar los patrones de comportamiento que nos sabotean. Si en eso, nos encontramos con amigos/as o compañeros/as de camino que lo viven de forma similiar, nos potenciamos. Sin embargo, no siempre sucede así y eso no debiese ser impedimento para continuar (al menos yo no me lo he permitido).

Para cambiar, no solo necesitamos tener «la volá clara», «las lecturas de periodos» y toda el blah blah teórico-dogmático. Debemos tener asimiladas esas claridades a tal punto de que se traduzcan en actos y, al mismo tiempo, ser lo suficientemente humildes para ir reconociendo lo que aún queda por mejorar. Si queremos vivir – lo que nos queda – en un mejor mundo, es nuestro deber construir ese mundo. Lo que implica transformar la mierda en abono, incluyendo si esa mierda somos nosotres mismes.

El valor del ocio en este sentido, viene dado por la oportunidad que nos otorga de darnos esos espacios para reflexionar(nos), reconstruirnos, recrear(nos) y vincularnos fuera de los márgenes de la cadena productiva.

Tengo hasta el final de mis suspiros para seguir creciendo, no obstante, lo que la vida me ha dicho con todos los golpes y frustraciones es que en lo pequeño está la fuerza. De nada sirve querer abarcar lo grande si no se han trabajados los elementos o factores que lo conforman (la misma naturaleza nos lo enseña). Si hemos tomado la ruta equivocada, la vida y sus misteriosas formas se encargarán de que repitamos los sinsabores hasta que nos demos cuenta. Por ello, insisto, es fundamental conocerse. Hoy como nunca. Saber qué sentires, conductas y pensamientos nacen desde tu profunda escencia libre y cuales son las adoptadas gracias a los paradigmas sociales y a insanos patrones ancestrales. La misión es destruirlos para dejar espacio al nuevo ser, libre, amoroso y consciente.

La receta se diseña y adapta a medida del individuo y su contexto o proceso temporal, luego (o en paralelo) debiese ser armonizada en colectividad. No obstante, creo que hay ingredientes comunes: voluntad, mucha voluntad, valentía y autodisciplina. Vale decir, que la disciplina no es necesariamente un mecanismo represivo y rígido, sino un saludable método de encontrar el foco y evitar los serviles distractores que el sistema pone de carnada para nublarnos la conciencia. De ahí que la disciplina idealmente debe ser autorregulada y amorosamente dosificada, en consecuencia con ello, también la humildad y sin duda el amor (propio y a la ideA de una vida digna y libre) son otros ingredientes importantes.

«Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos»
Es cierto que si una(o) no cambia, nada cambia.
Es cierto que como es adentro, es afuera. Que como pensamos/sentimos/comemos somos y nos manifestamos de forma que nuestro entorno lo percibe. Así mismo, como cada individuo es (adentro) será también el colectivo o sociedad (afuera).

Urge mejorar(se) y sanar(se).
El camino por la emancipación, si bien, es conjunto se regula y monitorea individualmente. Por eso debemos ocuparnos de estar bien internamente, allí es donde el ocio juega un papel vital, para poder entregar lo mejor de nosotros.

Atte,
Una militante de su propia vida (revolucionaria y feminista)

Permiso, me retiro para dejar de procrastinar 🙈

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